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ignacio malpede

El nueve de diciembre del 2011 finalizaba una de las etapas más enriquecedoras de la vida: el colegio secundario: el “San Patricio”. 5 años y 4 meses después otra de estas: la “Universidad de Buenos Aires”. Ha sido mucho el tiempo que ha transcurrido y muchas las cosas que han pasado, haciendo difícil sintetizar en cortos párrafos la magnitud de las emociones y de los momentos vividos. He comprobado como Licenciado en Economía y hoy también como docente que el mayor nivel posible de aprendizaje coincide con la posibilidad de transmitir, genuina y simplemente, el conocimiento a otros. Con este horizonte comienzo esta breve nota.

 SOBRE LA JUVENTUD, LOS SUEÑOS Y EL APRENDIZAJE

                 Hasta los 18 años, viví en un barrio cerrado. Fui al “SanPa” colegio de origen privado y excelencia académica, ubicado en lo que solía ser marginalmente campo abierto. Me rodeé de amigos de la proximidad, pertenecientes a un determinado círculo social. Compartí momentos, valores e ideales. Viví una realidad determinada por el entorno, como cualquier otro niño y adolescente, con determinadas consecuencias en mi forma de pensar, de razonar, de creer y de sentir. El contexto, importa.

Finalizado el período del secundario, me hallé con un nivel de incertidumbre importante, respecto a qué camino seguir. El abanico de posibilidades era grande (fortuna no compartida por el 95% de los argentinos si uno sabe que es solo el otro 5% quien puede y asiste a la universidad). Por motivos y diferencias personales con mi familia, tomé la decisión de irme de mi casa. Mi abuela me recibió con los brazos abiertos, aun estando enferma y en una condición precaria en ese febrero del 2012 (por fortuna hoy no es tal el caso).

Fui siempre una persona con deseos de autarquía: léase autarquía y no “independencia”, pues son términos etimológicamente dispares. El segundo refiere a una emancipación; el primero a la autosuficiencia. El camino comenzaba juntando al deseo y a la obligación, al sostén de corto y largo plazo: la universidad y el trabajo. En relación a la primera, el debate se focalizó en si los estudios superiores son un medio o un fin en si mismo. Clásico: me gusta el trabajo pero no la carrera, y viceversa. La sociedad posmoderna actual no premia la creatividad o la pasión si esta no está inserta en patrones de mercado. Opté por verla como un medio para responder a la pregunta ¿Qué y quien o quienes hace/n a la pobreza inexterminable: incompetencia, desidia o corrupción? No pagar por los estudios superiores era también una premisa para la autarquía. Así llegué al CBC de la carrera de Ciencia Política. En relación al trabajo, conseguí una pasantía gracias a una amiga dentro del sector público. Se fortalecía la vocación política y la necesidad de entender el mundo.

Sintetizando, en el transcurso de unos 4 meses, las aristas que habían conducido mi vida se habían transformado por elección propia. Primer sabor de la adultez: el cuestionamiento personal, los nuevos desafíos y el impulso de soñar más allá de lo conocido. Del “campo” a la “gran ciudad”; de lo “privado” a lo “público”; del “colegio” a la “facu”; del “tiempo libre” al “trabajo”. Dejé atrás una parte muy importante de mi vida para mirar hacia el futuro, y en esa travesía me volví a perder y a encontrar conmigo mismo. Hice plausible todo, y comencé a cuestionarme con mayor intensidad mis acciones, mis creencias y mis valores. Algunos lo llaman “salir de la burbuja”; no lo veo como una mala analogía desde lo contextual.

¿Qué hacer ante tantos cambios? ¿Cómo sobrellevar el impacto de semejante transformación? Por supuesto que en retrospectiva uno asume: “estaba creciendo”. Pero la adolescencia complejiza el tránsito emocional de una etapa tan dura. La ruptura de la subjetividad, si se quiere. Sigo pensando que uno es demasiado pequeño para tomar ciertas decisiones. No está preparado. Pero la experiencia y el tiempo ayudan. Responder a un jefe, ser juzgado por pares que no conocen la historia personal (arma de doble filo: la historia puede suavizar o acentuar una crítica), elegir una carrera, transitar los pasillos de la universidad sin conocer prácticamente a nadie.

Transcurrido el 2012, había conocido nuevas amistades, nuevos grupos, nuevos espacios. No conforme con mi carrera, decidí tomar el consejo de tres grandes profesores del secundario: Paula, Liliana y Fabián, y enfrentar mi miedo a la matemática. Opté por cambiarme a la carrera de “Economía” para lograr una mayor comprensión de la realidad. El fin no había cambiado, había cambiado el medio. De sociales a económicas, con la frustración de haber sentido “perdido” un año. Y paso a paso, materia tras materia, comencé a compenetrarme de lleno con mis cuestionamientos y mis sueños, entendiendo que ese deseo de “autarquía” inicial había cambiado. No era ya la rebeldía por la rebeldía en sí misma. Ello había sido el paso necesario para responder a la “necesidad de la transformación” que el tiempo exige a los 18 o 19 años. Era ahora el horizonte de “soñar” con el futuro sabiendo que la decisión propia pesaba definitiva e irrevocablemente más que la ajena. Hacerse cargo: “Ser libre no es un obrar según la propia gana, sino una elección entre varias posibilidades profundamente conocidas” decía un expresidente argentino.

En estos últimos cinco años pasaron experiencias diversas: tomar clases en el piso o en la calle; trabajar en el sector público y en el sector privado; cambiar de carrera; hacer nuevos amigos. Reír, llorar, quejarse, sufrir el asedio del estrés. Un proceso de aprendizaje disímil al secundario, por dos motivos: el primero es que en el colegio uno no tiene contra que contrastar (es el primer período de la vida); el segundo es que uno “entra a un mundo nuevo”; pero aun así, forma parte del mismo proceso que comúnmente llamamos “crecer”. Cinco años y cuatro meses después, finalizando este período universitario, puedo destacar algunos “hechos estilizados” aprendidos a fuego hasta el presente, que responden a la pregunta ¿Qué me llevo de estos años?:

  • Primero y más importante, la confirmación de que soñar, visualizarse a uno mismo, y creer en ambas cosas, es el único camino posible para concretar las aspiraciones. Como toda decisión, es política y personal. Política por responderle al entorno (la familia, los amigos) y personal por responderse a uno mismo: “honestos con la conciencia, fieles a los ideales, leales al corazón” diría mi madre.
  • Segundo, la universidad y el trabajo dejan dos cosas: personas y pensamiento crítico. Como todo en la vida, lo mejor de las experiencias son las personas que uno se lleva. Los amigos, los compañeros, los debates, los ideales compartidos, las visiones plurales. Y el pensamiento no es crítico por ser distinto, sino por aprender a cuestionar que “no existe una única verdad”. Que todo es cuestionable, y ello nos convierte en mejores personas por permitirnos errar y corregir; entender que lo perfecto no existe, y que ciertamente no hay verdades absolutas ni dueños de las mismas.
  • Tercero, que el secundario es la base del crecimiento posterior y un fuerte condicionante de la posibilidad de aprovechar el aprendizaje. Por imitación o por oposición, es la comparación natural que uno hace. Y desde donde uno parte para llegar donde uno llega, como siempre, importa. La historia es, otra vez, la piedra basal del futuro, porque nada surge de la nada. Aunque mi desacuerdo con ciertas cosas del colegio siempre fueron declaradas “en rebeldía”, siempre existió el espacio para canalizar ese debate. Y en ello reside la mayor virtud del secundario preferible: hacer bien su trabajo es permitirle a sus alumnos cuestionar, errar y rebelarse. Sin esta base, no sé (al menos yo) como podría haber estado aquí.

Sin miedo, con pasión y con decisión: crecer es un proceso sin fin, continuo y lento. Como Heráclito de Efeso en su teoría de los opuestos lo expresa, en la vida habrá buenas y malas, risas y lágrimas, aciertos y errores. Y no solo “es parte del camino” sino que “es el camino”. Permitirse soñar y pensarse y repensarse fue para mi la llave a responder esa “necesidad de cambio” que me llevó a mutar de vida. Y es lo que lo que le quiero transmitir al pibe o piba que hoy está pensando ¿Qué voy a hacer de mi vida? Las dudas nunca se terminan, pero la convicción de saber que la decisión “fue tomada de forma consciente” es la garantía de que, acertada o equivocada en el corto plazo, la decisión será siempre mejor en el futuro, porque de todo se aprende. La vida, en sí misma, se trata de aprender. Y no hay que perder de vista lo afortunados y privilegiados que somos algunos, en este mundo y en este país, de poder disfrutar la posibilidad de elegir.

Quiero cerrar estas palabras con mi frase “sello”, mi arquetipo de vida: “El futuro pertenece a quienes crean en la belleza de sus sueños” de Eleanor Roosevelt, primera dama de los EUA y actriz clave en la formulación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en 1948.

Ignacio Malpede

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